domingo, 23 de febrero de 2014

Medidas drásticas


¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para seguir estudiando?

Ése día, Estela llegaba tarde a clase. Había estado trabajando hasta tarde y tenía clase a primera hora, pero su cuerpo había exigido unas cuantas horas más de sueño y había acabado por ceder. Acabó mandando un “whatsapp” a sus compañeros y quedando con ellos en la cafetería de la Facultad de Ciencias de la Información.
Cuando llegó había un extraño y lúgubre ambiente entre ellos que no le gustó nada. Acercó una de las sillas a la mesa y no tardó en preguntar.
-¿Hey, qué pasa?
-Estela, qué hay. –Marina, la chica con la que solía hacer todos sus trabajos en grupo fue la primera en saludarla- Verás, es que a Roberto y a Manuel les han denegado la beca.
-¡No fastidies! ¡Pero Roberto mínimo debería tener una de excelencia!
-Pues ya ves. –El afectado se encogió de hombros- No creo que pueda pagarme este año.
Los padres de Roberto estaban en paro y tenían otros dos hermanos pequeños que mantener. Las posibilidades de pagarse la universidad ahora sin una beca brillaban por su ausencia. Estela sonrió amargamente.
-Sabía que esto pasaría. –dijo- Por eso me puse a buscar trabajo en lugar de solicitar una beca este año. Pero buscar trabajo ahora es un suicidio. Tiene que ser a inicios de verano o en Septiembre si de veras quieres encontrar algo decente.
-Como si ahora hubiese trabajos decentes. –Respondió Manuel socarronamente-
-Pero tíos. Va en serio. Roberto va a tener que dejarlo.
Marina estaba preocupadísima por la situación del chico. Lógico, pensó Estela. Llevaba desde que entraron en la carrera detrás de él y si lo dejaba sería imposible verlo de nuevo. Los cuatro amigos entonces empezaron a discutir maneras de que el chico pudiese costearse los estudios.
-Puedo mirar en mi curro si alguien necesita que le echen una mano. Pero los horarios son el infierno.
-No te preocupes. Si es el caso me las apañaré.
-Puedes tratar de matricularte de menos y ver como tira la cosa.
-No querría hacer eso. Quiero acabar lo antes posible para ayudar a mis padres con lo de mis hermanos.
-Puedes vender un riñón.
-¡MANUEL!
Los otros tres (Especialmente Marina) se giraron a mirar de manera no muy amistosa al chico. Manuel vivía bastante despreocupado del mundo y la vida. No sabían cómo, había logrado conseguir unas becas los años anteriores pero se había dedicado a gastarse el dinero en viajes al extranjero. Alzó las dos manos entre él y sus compañeros nerviosamente y continuó hablando con un tono conciliador.
-¡Hablo en serio! Dicen que en la facultad de medicina hay un profe que vende órganos de alumnos al mercado negro, y reparte los beneficios. “Fifty-fifty”, ya sabéis. Él hace la operación y pone el sitio. Pero el órgano es por lo que pagan. Tu que eres muy sanote seguro que podrías sacar un buen pellizco, Rober.
-¡Venga ya! –Marina dio un golpe en la mesa- ¡No hay manera de que eso sea cierto! Seguro que es algo que un alumno al que haya cateado se ha inventado para que la gente no se fíe.
-Aunque medicina está carísima, ¿sabes? –Estela se quedó algo pensativa- No es un mal negocio. No sé.
-…
-Roberto, ¿No les estarás creyendo, verdad?
Roberto se había quedado en completo silencio después de escuchar a Manuel. Cuando Marina se dirigió a él, dio un respingo como si hubiese pisado una chincheta descalzo.
-¡Oh, claro que no! Es imposible que esas cosas sean ciertas…
La semana siguiente, Roberto no asistió a ninguna clase. Tampoco llegó a contestar a ninguna llamada o mensaje que sus otros tres amigos le mandaron, preocupados porque sus padres no les daban información fiable de donde estaba. Regresó el lunes siguiente, pálido como un muerto y con unas ojeras de espanto. Cuando Estela fue a preguntarle dónde había estado, sonrió y dijo que había encontrado un trabajo de jornada intensiva y había sacado bastante dinero.
-Con esto y con lo que tenía ahorrado, creo que podré pagarme este año.
Por supuesto, todos se alegraron con la noticia. Nadie se merecía más que Roberto acabar su carrera. Pero al final del día, Manuel se acercó a Estela en el metro de regreso a casa para preguntarle en un susurro:
-¿Crees que lo ha hecho…?
-¿Hablas de lo del riñón? Imposible…
-En ese caso, ¿tienes huevos a preguntarle?
Estela no respondió, pero ambos se quedaron observando a su amigo en silencio.
Era hora punta en el metro y ninguno salvo Marina, que volvía en coche, había logrado encontrar espacio para sujetarse a las barras de acero. En un frenazo, Roberto casi se cayó encima una señora, pero logró evitarlo estirándose y logrando apoyar una de sus manos en las puertas automáticas.  Suspiró aliviado y pidió disculpas a la mujer, recolocándose la ropa que se había movido por la fricción con la gente y su reacción brusca. En la siguiente parada se despidió de sus dos amigos y desapareció entre la marabunta de gente.
Ni Estela ni Manuel dijeron nada el resto del trayecto, pero sabían que ambos estaban pensando lo mismo. Cuando Roberto se había estirado para apoyarse en la puerta automática su camiseta se había levantado y un destello había captado su atención.

Era el destello plateado de una grapa quirúrgica.
Constanza Varela

2 comentarios:

Costán Sequeiros dijo...

Me ha gustado mucho, creíble y con ese mal rollo cotidiano de una buena leyenda urbana. :)

Kelina Hospital dijo...

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